Y sin embargo, a pesar de todo, decidió adoptar la mejor de las actitudes, la actitud positiva que la iba a llevar al éxito. Todo aquel esfuerzo la invitaba a avanzar, a no renegar de su objetivo, a salir de la comodidad del día a día, de sus rutinas, a localizar su meta y a recorrer todos los caminos que le llevaran a él. Y gracias al amor que sentía por sí misma, gracias a las grandes dosis de ánimo que día a día se dedicaba, eso sí, sin cultivar la mala hierba del ego, y sí, la frondosidad de su autoestima, logró llegar a ser tan feliz como se había prometido hace ya algunos años.

Cristina consiguió dedicar su vida a realizar su sueño, a apasionarse por todas y cada una de las cosas que hacía. Cristina fue feliz, pero fue mucho más feliz cuando supo que la meta estaba allí, porque ella había elegido su destino y porque era plenamente consciente de que ese propósito había conllevado un gran esfuerzo. Cristina, siempre miraba al presente con alegría, con seguridad y dándose ánimos para seguir, siempre viviendo, sin reposo, pero con mucha felicidad, en un sueño de antaño, que ya se había hecho realidad.

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